Valioso juicio sobre el autor

 

Alguna vez traté el tema de la creación literaria con la doble exigencia de la esponteanidad y disciplina, y ambos valores se dan en la obra de León Aguilera con justedad tal que nos permite atribuir su fácil y abundosa pluma al inexplicable quid divinum, que arrambla con el orden lógico de la expresión (cuando preguntaron a García Lorca si el poema no demandaba lógica, contestó: "Sí, una lógica poética").

Sin duda exargeraba McLeish al decir que "el poema debería ser sin palabras, como el vuelo de un pájaro"; pero ha de remitirse a la imaginación y a la fantasia la definición del ser poético, distinto del ser humano -no por perder sino por sublimar su humanidad-, y los supervos griegos salieron del paso creando el mito la musa, ángel tutelar del poeta, el mítico arquetipo de Apolo y la sede mítica del Parnaso. Rubén Darío dió la más rápida e intensa definición: "poetas, pararrayos celestes..."

Mas la Musa es exigente, en fondo y forma. En cuanto al fondo, José Asunción Silva (Prosas y Versos -Editorial Cultura; México, 1942) supone "la protesta de la Musa": el poeta releía su libro de sátiras y la Musa le increpa: "¿Por qué has visto las manchas de tus hermanos? ¿Por qué has cantado sus debilidades?... Que de ahí tu obra de insultos y de desprecios, que no fue dictada por mí... Quédate ahí con tu genio de odio y tu genio de ridículo". Esto no ha pasado jamás con la Musa de León Aguilera, cuya pluma es amable y constructiva, pródiga en simpatía y generosa en solaridad social; jamás ha manchado una página con dicterios, nunca ha regateado méritos, más bien dignifica y exalta a otros con benevolente largueza.

Los psicólogos dirían que León Aguilera tiene un temperamento poético, manifiesto igualmente en prosa que en verso, con una rica imaginación o fantasía y al mismo tiempo una sólida intelección. Anda con el siglo en edad, pero conoce retrospectivamente las principales etapas de la cultura. Del aula jesuítica -que hubiera querido retenerlo en su acostumbrada escogencia de talentos- le quedó el latín, acervo básico que él complementó con el estudio de otros idiomas, con una curiosidad y dedicación que le abrió ventanas hacia otras culturas; es un modelo de autodidacta, lo que presta a su literatura magnífica y oportuna información, sin caer en las redes del erudito.

En cuento a la forma, tiene la disciplina requerida y el conocimiento de las escuelas y aún capillas, sin haber caído en la imitación, ni en el amaneramiento de las modasl tiene un estilo propio, invariable a través de cualquier ritmo o cadencia del verso, de cualquier empleo o combinación de las palabras, proclive al hiperbaton, que es una manera poética de pensar y de expresar; y aun usando formas clásicas o consagradas por los altos faros de la poesía hispanoamericana, se distingue por su personal entonaciíon.

Tambien es notable el acierto intuitivo u objetivo buscado con que escoge a realza los temas, y los calienta con su simpatía o su emoción, o los ilumina de optimismo; dice, por ejemplo en una urna que se actualiza en este año de la juventud: "Tenemos fe en el presente, y el pasado ha cumplido su tarea ¿Quienes son el porvenir? Los jóvenes. Hay sectores extraviados, pero son excepciones. Si sólo pereza, o crimen, o falta de fe, o de Dios, o dejar hacer, o comodidad predominara en el mundo, no habría progreso ni pasos firmes hacia adelante. Pero el mundo avanza pese a mayorías inertes, o retrógradas, o enemigas, porque siempre hay esa juventud de dinámica vanguardia que tremola las insignias del mañana. Y si el signo último es el rock and roll esa danza atorbellinante es porque la juventud se siente torbellino. Más tarde de esa arremolinante danza saldrán los remolinos de otras actividades. A veces el muchacho parece desquiciarse, pero si es de buena pasta pronto se encamina hacia las nuevas auroras. Juventud. Lo fuimos. Ya no lo somos, pero mantenemos el entusiasmo por la juventud. ¿Que sería la vida si sólo la dirigiese la anquilosis de los viejos ya retardatarios, que se han olvidado de que cierta vez fueron jóvenes, dotados de entusiasmo creador, protestativos contra injusiticia y plenos de alegria social y de canción primaveral".

A más de gran poeta, de original prosista, de un padre de familia guatemalteca responsable y tierno -pues no es el León como lo pintan-, es un periodista singularmente significado. Vino a Guatemala -de su lar natal León de Nicaragua- en 1923 y se nacionalizó guatemalteco, siendo a la vez centroamericano como todos nosotros; trabajó en el diario Excelsior y, desde 1931 en El Imparcial contribuyó eficazmente al make-up del periódico, como decía Ramón Blanco, y mantuvo el interés y la emoción de nuestros lectores con sus Urnas del Tiempo, incontables ya y algunas recogidas en dos volúmenes de más de 300 páginas. Ha publicado también Estancias de la Montaña, y deberia recoger en libro una selección de sus peomas.

Como un extraordinario INSIVUMEH ensoñador y dotado de finísima sensibilidad ha venido atisbando las bellezas naturales de Guatemala y las mudanzas del tiempo, ya a vuelo de pájaro, ya con revoloteos de mariposa. Ha visto los amaneceres de ojos axules y párpados dorados; también el alma tiene matices y luces coloridas; ha soñado a la sombra de un árbol que en arrebato artístico iba tejiendo hacia todos los rumbos sus ramas, como manos de amoroso cobijo... ha pensado en rima ilusionada con la transparencia y sonoridad azul rosa de nuestras atardecidas... se ha reconcentrado filosóficamente mientras asoma la lluvia su faz entre velos transparentes y lila a través de los cristales... otras veces ha soñado al compás del arpa de plata de la lluvia... se ha desvelado viendo a la noche descolgar sus telarañas de sombra...

Como buen amigo de la naturaleza recoge las confidencias de paisajes cambiantes, escucha la sinfonía del tiempo que transcurre con nuestras vidas... Sin querer ha visto a la noche desabrochar su negra blusa para lactar a los soñadores con el seno redondo y blanco de la luna... Alguna vez alsó la mano para despedir a las nubes viajeras...

La fantasía es algo intermedio entre la sensación y la intelección, pese a su falibilidad prepara y condiciona la opinión intelectual; por eso León Aguilera interpreta los signos de Natura y escucha las voces cósmicas que arrullan los sueños de los hombres. Es un gran guatemalteco, un maestro de literatos, un alta voz de nuestro pueblo, un profesor de ilusión y de energía, agregó su llamamiento a las nuevas generaciones: "esta alegria juvenil hay que estimularla, como el canto esponáneo de los pájaros entre la selva... una juventud sana, deportiva, cantarina, bailarina, juguetona... Que Dios la guarde y Guatemala la aprecie.

David Vela

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